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RODOLFO HASLER

Rodolfo Häsler nació en 1958 en Santiago de Cuba. Cumple los dos años viviendo ya en La Habana, donde permaneció hasta los once años de edad. En la actualidad reside en Barcelona.

Ha publicado Poemas de arena, 1982; Tratado de licantropía, 1988; Elleife, 1993 con el que obtiene el premio Aula de Poesía de Barcelona 1992 (publicado en esta misma colección); y la plaquette Okantomí, 1994.

Con De la balleza del puro pensamiento obtuvo el premio de la Oscar B. Cintas Fundation 1993 de la ciudad de Nueva York.

De su último libro Paisaje, tiempo azul, el poeta Rodolfo Häsler nos ha enviado la siguiente  selección:


SUITE DE TÁNGEREl

poeta en Tánger


Todo aquel que estudia poesía
anuda en primer lugar la esquina de su turbante,
solitario y azul en torno a la cabeza.
Lo que dice quiere ser diáfano, en palabras cíclicas
que nunca aclaran el enigma, quizá por culpa de la luz
o de tanta desesperación que aflora en ávido tacto.


El signo caritativo del pez o de la flor,
seres escasamente humanos en una línea que no pretende
el arabesco, sí la libertad presente en la escritura.
Las formas se diluyen por las cuestas de la ciudad,
en la pincelada arenosa de muchas de sus calles,
por haber transitado siempre el camino intacto.

Souk-el-Hamra


Si hubiese creado el mundo abigarrado
y alguien me pidiese cuentas por ello,
lo llevaría a oler la fruta aplastada en el suelo.
Desde el inicio tenía la certeza de que las hormigas
recorrían continuamente mis piernas, decididas,
como luna inmóvil en el recuadro de la plaza.
La mancha verde del gomero, por encima de la puerta,
hundida en la sombra, es testigo de mis visitas,
y el joven que soñaba con el cansancio de sus amantes,
regateando a gritos, como mercadería,
es vendido ante mis ojos en la impiedad de un gesto,
casi pornografía.
Qué alivio que esos aburridos europeos
hayan dejado de fotografiar la mezquita del viernes.
Metamorfosis de la vida,
así nombro lo que los muros atesoran,
pues una vez conoces el precio de las manzanas en el zoco
y qué dátiles transparentan la luz,
no hay ya modo de olvidar
ni razón para exaltar mayor encantamiento.

El inquilino
(a Paul Bowles)


Sonaba en la calle una grabación de la cofradía gnaua
en un charco turbulento
y el inquilino se despertó confuso,
con profunda sensación de desamparo.
Paseó la vista por la habitación en penumbra
y advirtió que aún faltaba hasta que le sirvieran
su acostumbrada infusión de especias,
y con el corazón fúnebre de una rosa
me confesó que se durmió vestido.
Le dije que yo también me despertaba
con sabor a arena en la boca
y que nunca había asistido a una ceremonia secreta
de ñáñigos en Cuba. Él sí.
El día había comenzado con signo favorable
y de nuevo se escuchó la música en la calle,
un grito de mujer, y las palabras dejaron de contar
para ser dulce deleite del idioma
en el bochorno salobre de la tarde.

 

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